Cumplidos treinta años del triunfo sandinista en Nicaragua, estamos convencidos de que se hace necesario poner nuevamente en escena este proceso histórico político que, lamentablemente, muchos han condenado al olvido. La revolución existió y triunfó.
La experiencia nicaragüense fue el último grito de libertad en América Latina. Logró el apoyo de toda una generación de militantes e hizo creer que el sueño de la revolución fuera posible. Un pilar importante de la insurrección fue la participación de muchos extranjeros que llegaron a Nicaragua con la intención de colaborar con la revolución. Decenas de argentinos encontraron en la gesta del Frente Sandinista de Liberación Nacional, la oportunidad de participar activamente en un proceso de emancipación nacional y popular que, por obvias razones, se les estaba vedado en tierras argentinas.
Cuando la Junta Revolucionaria Sandinista alcanzó el poder el 19 de julio de 1979, acudieron de todo el mundo militantes en defensa de la revolución y del pueblo nicaragüense. El recuerdo y la comparación con las milicias republicanas en contra del ejército franquista, durante la guerra civil española, se hacen inevitables. Ese internacionalismo fue llevado del enunciado principista a la práctica, a compartir las trincheras de combate en tierras que se sentían como propias.
Esta colaboración se concretó no sólo en el combate, sino también en el trabajo cotidiano de construcción de una nueva sociedad: en un taller; en una fábrica; en un campo, sembrando y cosechando; en una escuela o universidad, enseñando y aprendiendo; en un hospital o centro de salud; en la redacción de un diario o en la locución de una radio.
Esa batalla en la cotidianeidad del trabajo, con satisfacciones y sinsabores, la aprendieron en esa inolvidable experiencia internacionalista vivida en Nicaragua durante la Revolución Sandinista. Para ello debieron superar prejuicios propios y enfrentar los ajenos, siguiendo el enunciado marxista de que “la revolución es nacional por sus formas e internacional por su contenido”.
Traer a la luz este proceso revolucionario y los fuertes lazos solidarios que se vivieron intensamente entre pueblos latinoamericanos, nos permite también reabrir el debate sobre la situación en que se encuentran hoy en día nuestros países de Latinoamérica. Pensar los actuales intentos de la región por retomar una posición continental autónoma, libre y soberana.
Frente a un discurso que se nos presenta como escéptico y desideologizado, la revolución sandinista parecería no haber dejado herencia alguna. Sus conquistas y virtudes son apreciadas como un incómodo recuerdo, un sabor amargo en la memoria de los pueblos latinoamericanos.
Por eso, evocar la revolución sandinista, no debe ser considerado como un puro ejercicio de nostalgia; es la recuperación de una memoria a la que se ha intentado invisibilizar, pero que sin embargo sigue viva. Como muestra de su actual vigencia basta con ver las incontables luchas populares a lo largo de toda América tratando de forjar un mañana mejor.
Porque pese a todo, la razón sigue estando del lado de los que sufren. Recuperar la memoria de la revolución sandinista es entonces recuperar la lucha por un mundo más justo.